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Está de moda: el sabor de la ciudad de Cork

“Aquí nunca probaréis una mala comida, chavales” dice el taxista mientras callejea por la ciudad de Cork para llevarme a cenar.

Esta sencilla respuesta (seguida de “chavales”, aunque ni yo ni mi acompañante de 33 años somos precisamente unos chavales) es típica de Cork, y va acompañada de una socarrona sonrisa de superioridad, con todo derecho he de decir.

El estatus de Cork como destino gastronómico es ya famoso, y la revista Travel+Leisure recientemente dedicó un artículo a las delicias culinarias de todo el condado. La calidad de los productos autóctonos, como el queso, la carne y las verduras, es extraordinaria y sus fantásticos chefs saben aprovecharlos para crear platos absolutamente memorables en restaurantes de reputación internacional, lo que hace imposible que pruebes una mala comida en Cork. Chaval.

Es una lección deliciosa que planeo llevar bien aprendida después del fin de semana. Empezamos el sábado por la mañana, con un desayuno en el Hayfield Manor, de cinco estrellas. Los hombres llevan corbata, las mujeres, perlas. También en el Orchids Restaurant todo el mundo luce sus mejores galas.

La refulgente cubertería y los relucientes candelabros multiplican mi reflejo tantas veces que casi me siento mareado. Pero entonces llega flotando hasta mí el olor de las tortillas y de un desayuno irlandés completo servido en platos que planean sobre servilletas blancas e inmaculadas. En la sala anexa, una cueva de Aladino de bollos, pan, quesos, carnes, salmón ahumado y zumos, me quedo paralizado ante el surtido que se me ofrece. Tengo que confesar que comí casi de todo.


Paseando por la ciudad, me encontré con algo que admito que nunca he visto en Dublín. Sábado, hora del brunch. En las puertas de varias cafeterías y restaurantes la gente hace cola. Esperan tranquilamente bajo el sol, recostándose contra la pared, esperando por una mesa. Muy bien, estoy listo para tomarme en serio el fenómeno gastronómico de Cork.

Si le preguntas a cualquier cocinero de Cork el secreto de su magia culinaria te contestará con un condescendiente gesto de la mano, señalando hacia el oeste, el origen de su poder: los ingredientes autóctonos. Cork Occidental es su inmenso huerto, con sus granjas repletas de aves de corral y rebaños que dan leche para elaborar esos quesos artesanos que seducen los paladares del mundo entero. Y todo eso antes de llegar a la costa. Largas penínsulas que invaden el Océano Atlántico, y donde se extraen gambas, ostras, vieiras, cangrejos y langostinos. Mientras tanto, los barcos pescan bacalao, lenguado, lucio, abadejo, merluza y rape.

Todos estos ingredientes se reúnen en la elegante estructura abovedada del “English Market” del centro de la ciudad, en un alboroto colorido, aromático y ruidoso que inunda los sentidos. ¡Cómeme! gritan los trozos de queso de Cork Occidental, como ese delicioso Smoked Gubbeen. ¡Pruébame! susurran las salchichas Boi de Cork, una combinación de cerdo, ternera, cerveza negra Murphy, cebollas y tomillo. ¿Por qué yo? pregunta con ojos tristes la lubina que llegó esa misma mañana del puerto de Ballycotton… lo siento, habla el vegetariano que hay en mí.

Como verás, mi gira gastronómica por la ciudad de Cork se ha limitado hasta ahora a unos pocos aperitivos en comparación con mi verdadera misión y el destino de esta carrera de taxi: una cena en el mejor restaurante vegetariano de Irlanda, Café Paradiso. Su cocinero/propietario/artífice Denis Cotter mezcla ingredientes sencillos con un talento inspirado desbordante. Combina a la perfección berenjenas con queso de oveja y almendras, añadiendo un toque de pesto de chile. Todo adquiere un original sabor picante entre nabos y setas cuando añade pacanas y salsa elaborada con vino tinto. Sabe recrear con una delicadeza fascinante el humilde puré de patatas en una receta de espárragos, lentejas y cítricos que ha compartido en este blog. Así que ya puedes imaginarte las mariposas que revoloteaban en mi estómago cuando me senté en su moderno y amplio restaurante y eché un vistazo a la cocina abierta.

Mis mariposas se apaciguaron con un entrante de gnocchi de patata suave y aterciopelada, que se deslizó por mi garganta con su cortejo de mantequilla de ajo y espinacas. El risotto salpicado con guisantes, judías y cebolla, rezumante de queso curado de cabra, me resultó tan delicioso y reconfortante que creí haber descubierto el equivalente gastronómico de un abrazo de oso. Pedí un postre con dos cucharas para compartir, puesto que estaba tan lleno que me sentía incapaz de probar un solo bocado más. Hasta que llegó el brownie de chocolate con nueces y helado de plátano. Casi casi lamí el plato.

En la coctelería Cornstore, bajando la calle, aprendí mi última lección sobre los sabores de Cork. Estos maestros de los combinados han ganado premios por sus creaciones líquidas y yo quiero concederles el mío propio por el mejor (y primer) cóctel-postre que jamás he probado.

Con la reluciente copa de vodka, crème de cacao y virutas de chocolate hice un brindis: por Cork, donde jamás probarás una mala comida. Chaval.

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