Los Tesoros de la 'Spanish Armada' en Irlanda

Trinidad Valencera, Tower Museum de Derry~Londonderry
Trinidad Valencera, Tower Museum de Derry~Londonderry

Desde los caprichos geológicos de la Calzada del Gigante, en Irlanda del Norte, hasta el sureño condado de Kerry, los bellos paisajes de la costa oeste de Irlanda aún recuerdan a la infausta Armada Invencible.

Pero hay otra forma de conocer su leyenda: a través de las reliquias que la Spanish Armada dejó en la isla en su penosa odisea camino de España.

En la localidad de Carndonagh, Condado de Donegal, famosa por su cruz paleocristiana del siglo VII, la campana de la iglesia inunda con su llamada todos los rincones del pueblecito. El sonido es como el de todas las campanas de Irlanda, pero con un matiz: el lamento de ésta resuena con acento hispano. ¿La razón? La tradición local asegura que esa campana procedía de La Trinidad Valencera, mercante veneciano que naufragó en Kinnagoe Bay, muy cerca de Carndonagh. No es ésta la única reliquia vinculada a la Felicísima Armada que no dormitó durante siglos en el fondo del océano. En el hall del castillo Glenarm, Condado de Antrim, la ancestral residencia de los MacDonnell, reposa un pesado arcón de hierro. Vívidos dibujos de castillos, sirenas, unicornios y barcos iluminan el negro férrico del arcón. ¿Su origen? De nuevo la tradición postula un barco de la Armada española naufragado como su ulterior propietario. 

Casos como estos ejemplifican hasta qué punto el malogrado viaje de la Armada por la costa occidental irlandesa dejó tras de sí un reguero de reliquias vinculadas a la flota de Felipe II. En este sentido, pocos testimonios más evidentes de la genética militar de la escuadra que contemplar algunos de sus cañones rescatados del fondo del mar. Cuando se cumplen 425 años de sus últimos bramidos en el Canal de la Mancha, es conmovedor el mutismo de esos gigantes de hierro y bronce reposando en salas de museos. El National Museum of Ireland, en Dublín, es la última morada de dos de esas potentes armas. El primero es un pedrero que perteneció a La Juliana, uno de los tres barcos que naufragaron el 21 de septiembre en Streedagh Strand, Condado de Sligo. El segundo cañón -de bronce y con un peso de 2,5 toneladas- formaba parte del pesado tren de sitio embarcado en la Armada. Ese gran cañón de batir fundido en Bruselas en 1556 reposó en las entrañas de La Trinidad Valencera hasta que, en 1971, fue recuperado por el Derry Sub-Aqua Club en 1971. 

No fue el único tesoro que saldría a la superficie. De ello dan fe los centenares de objetos que hoy pueden contemplarse en el Tower Museum, en la ciudad de Derry~Londonderry. Se trata de un elenco variopinto que no sólo permite aproximarse a otros cañones de La Trinidad –como un sacre de bronce de 3,5 metros fundido en Venecia-, sino también a la vida cotidiana del barco. Así lo atestiguan decenas de objetos relacionados con la comida –jarras de aceite, botas de vino, etc.-, la vestimenta –abundan elementos del equipo y vestuario de los soldados del tercio de Nápoles de don Alonso de Luzón- e, incluso, el ocio de sus tripulantes. 

Aunque si hay una nave de la Armada cuyos tesoros nunca dejan indiferente ésa es la galeaza Girona, descubierta en 1967 por el arqueólogo marino Robert Sténuit. Los objetos de la nave, expuestos en el Ulster Museum, en Belfast, musitan su postrero final: la noche del 28 de octubre, cuando la galeaza, con 1.300 hombres a bordo –sólo sobrevivieron cinco- se estrelló contra las rocas de Lacada Point, en la Calzada del Gigante, Condado de Antrim. Armas, cubiertos, anillos, relicarios, un centenar de monedas de oro y plata... la abundancia y notoriedad de los objetos explican el pedigrí de muchos de sus tripulantes. “A bordo de la Girona iban nobles y oficiales supervivientes de dos barcos hundidos, lo que sumado al tradicional lujo y ostentación con el que vestían los españoles justifica la presencia de complementos como botones de oro y plata, camafeos bizantinos de lapislázuli y medallas de órdenes de militares”, explica Winifred Glover, autora del libro Exploring the Spanish Armada.

Sin duda, la joya en mayúscula de la Girona y del Ulster Museum es el pendiente en forma de salamandra de oro y rubíes. “Hernán Cortés recordaba en 1526 que, entre los ornamentos de oro azteca enviados a España, se encontraba una salamandra alada”, explica Glover. La creencia marinera de la época sobre los poderes mágicos de este animal a la hora de repeler el fuego convertía aquella joya en un potente amuleto a bordo de un barco. Lo que no imaginaban los tripulantes de la Girona era que su peor enemigo no iba a ser el fuego sino las feroces e inmisericordes aguas del mar.