Los Ecos de la Invencible en Irlanda del Norte

Un nombre de barco: la galeaza Girona. Un caballero español de alta cuna: Don Alonso Martínez de Leiva. El lugar del naufragio: los arrecifes de Lacada Point, en las costas del condado de Antrim. Esas fueron las coordenadas que, durante el otoño de 1588, hilvanaron una de las historias más trágicas de la Gran Armada en Irlanda del Norte.

Castillo de Dunluce, Condado de Antrim
Castillo de Dunluce, Condado de Antrim

Pocos retratos de Domenikos Theotokopoulos, El Greco, son tan reveladores, ésos en los que el pintor ahonda con su pincel hasta el centro del alma del retratado, como el que en 1580 hizo de Don Alonso Martínez de Leiva. Esbelto, de tez pálida y barba cobriza recortada sobre la gola, “era la viva estampa de un aristócrata guerrero español”, lo definen Geoffrey Parker y Colin Martin en su libro La Gran Armada. No era extraño que Felipe II lo hubiera designado en secreto como comandante de la flota ante una eventual muerte del duque Medina Sidonia.

Lo que el orgulloso Capitán General de la Caballería de Milán y caballero de la Orden de Santiago no podía imaginar mientras posaba para El Greco era que una noche de finales de octubre de 1588 una tormenta furibunda ante los arrecifes de Lacada Point, Condado de Antrim, truncaría para siempre su futuro prometedor. Y, sin embargo, fue ahí, a un paso de los caprichos geológicos de la Calzada del Gigante, una de las maravillas naturales y turísticas de Irlanda del Norte, donde la leyenda de Leiva escribió su último episodio.

Tras salvar la vida en dos naufragios en las costas de Donegal, Leiva se enteró de que en el puerto de Killybegs estaba siendo reparada la galeaza Girona. Hasta allí, llevado en angarillas al estar herido de una pierna, llegó Leiva junto a sus hombres para, con las primeras horas del 26 de octubre, poner rumbo hacia Escocia. Nunca llegó a su destino. La buena fortuna de Don Alonso se había terminado. El 28 de octubre, el viento del norte se transformó en un temporal que quebró el timón provisional de la nave que, desarbolada en medio de una noche cerrada y tempestuosa, quedó herida de muerte. En gaélico, el lugar donde la nave se desintegró se conoce como Port na Spaniagh (Puerto de los Esañoles). Leiva y el resto de 1.300 hombres que iban a bordo de la galeaza -excepto un puñado de supervivientes- murieron.

Las noticias de la tragedia llegaron pronto hasta el cercano Dunluce Castle, la magnífica fortaleza del octogenario Sorley Boy Macdonnell, quien ya había ayudado a decenas de españoles procedentes de otros naufragios. Hasta su imponente castillo, hoy uno de los atractivos turísticos ineludibles en esta parte de Irlanda del Norte, Sorley Boy llevó algunas piezas de artillería y otros despojos procedentes de la Girona. No sería el único recuerdo de la Girona que perviviría en Dunluce Castle: la tradición asegura que en el camposanto de la fortaleza hay enterrados muchos de los hombres de Leiva.

Apenas un par de meses después del naufragio, el capitán Francisco de Cuéllar dejó Lough Melvin, Condado de Leitrim, y puso rumbo al norte en busca de la ayuda que el obispo de Derry, Redmond Gallagher, ofrecía a los españoles para pasar a Escocia. Fue entonces cuando fue “a parar a las costas donde se perdieron don Alonso de Leiva y otros muchos caballeros”. El segoviano, que durante semanas vivió muchas de sus increíbles aventuras en poblaciones de la actual Irlanda del Norte como Castleroe, en los dominios del Señor O’Cahan, con el río Bann y la villa de Coleraine a un paso, no pudo evitar acordarse de Leiva cuando contempló con sus ojos el lugar donde se apagó su halo épico

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Hoy, más de cuatro siglos después del naufragio de la Girona, aproximarse hasta el lugar exacto de su naufragio, uno de los más luctuosos de la odisea de la Armada Invencible en Irlanda, sigue dejando una honda huella en la memoria. Desde la Calzada del Gigante, con las rocas conocidas como las Chimeneas recortándose en el horizonte, un agradable paseo bordea los acantilados hasta llegar a Lacada Point.

El mito que en vida personificó Leiva y su último órdago a la suerte a bordo de la Girona habría permanecido oculto para siempre en lo profundo del océano de no ser porque, en 1967, el arqueólogo marino belga Robert Sténuit, tras años hurgando en archivos ingleses y españoles, descubrió el emplazamiento exacto del naufragio. La Divina Providencia le reservaba un último guiño al caballero español. Hoy, el recuerdo de Alonso Martínez de Leiva, de sus hombres y de la Girona aún pervive en el Ulster Museum de Belfast.

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